miércoles, mayo 22, 2013

Orfandad: eterna búsqueda


Apuntes en torno a Huérfanos
de Patrick Boulanger



De todos hay dos verbos que se imponen en la vida del Hombre: nacer y morir.  Hasta hace poco yo había escrito: morir, verbo que arrebata… y hace unos días, justo cuando leía Huérfanos, de Patrick Boulanger, descubrí  entre sus versos la contraparte: nacer, acta de destrucción. Y en este nacer, en este lanzarse desde la herida hacia esta otra parte, convocados a la vida y al transcurrir, poco a poco nos damos cuenta de que en realidad solos venimos a este mundo, solos transcurrimos (aun y cuando toda la vida tenemos a alguien cerca, en realidad estamos solos) y solos morimos, solos nos vamos.
Efectivamente: el hombre es un ser destinado a la soledad, destinado a cargar su orfandad desde el momento mismo en que llega a este mundo, y la mayor parte de su vida, durante su transcurrir, se la pasa buscando a Dios y buscando el refugio en esos seres que se dicen sus padres:
un bebé
grita
apesta
lleva a la horca a mis padres
a mis falsos padres

a veces
cuando me olvidan
me acerco al centro del mundo
dejo un beso
en su suave cráneo como manzana
y muerdo (p.31)


… pero en realidad es un ser destinado a sentirse solo, a permanecer solo, a transcurrir solo; y esta soledad es, de alguna manera, consecuencia de la orfandad a la que ha sido destinado. La orfandad pesa tanto como la historia misma que carga, porque sí, la orfandad ha estado presente desde el inicio de los tiempos, desde el momento en que el Hombre fue lanzado del Edén; desde el momento en que el ir y venir del hombre estuvo marcado por el abandono de un Dios que por primera vez declararía muerto Hegel y que Nietzsche terminaría de darle el tiro de gracia.
            Huérfanos somos todos, seres en constante búsqueda, insatisfechos… siempre inmersos en el abandono; incluso huérfanos de nosotros mismos porque a menudo nos traicionamos, muy seguido quebrantamos nuestra palabra, casi siempre nos dejamos solos… nos fallamos. Y dentro de la orfandad hablar también de formas y  niveles: cuando uno se vuelve huérfano de sus hijos – señala Patrick- los glaciares despiertan / el planeta se parte en sus capas / se ven minas en las nubes/ y colmillos/ en la boca de los recién nacidos

cuando llega el turno de la mujer de preparar su equipaje
cuando ella se deja envolver en la brisa
algunas se ponen a bailar
como arterias abiertas

Patrick habla también de la ausencia, y es que qué son las ausencias sino pequeñas rebanadas de orfandad; y dentro de esta ausencia, dentro de esta orfandad, todos portamos un número que nos identifica de todas las demás orfandades –porque ya dijimos que son las orfandades distintas en su forma y en su historia-:

niño número 214
diseñado en Canadá
fabricado en Bangladesh

lávese a máquina
utilice un cloruro decolorante
séquese a marometas

si no está por completo satisfecho
regrese el producto en su estado original (p.55)

La orfandad es como una muñeca rusa, en su interior se encuentran otras muñecas, algunas ya las hemos descubierto: la soledad, la ausencia… también están los recuerdos de lo que fue y ya no es y, por ende, la memoria – desde mi punto de vista - la más cruel de todas. Es la memoria una muñeca que nos lanza sus dardos en formas de recuerdos; son los recuerdos la ponzoña que se alimenta de nuestra voluntad y es a esa voluntad a la que en cada momento le da la gana recordarnos que aún y con tanta rutina, con tantos proyectos, con tantas cosas materiales no dejamos de ser huérfanos, no dejamos de ser seres señalados por el destino, por el dedo de Dios… incluso por la voluntad de Dios.

¿Quiénes somos? ¿Qué signo de interrogación arropa nuestro nombre? ¿Cuántos rostros inacabados poseemos?:

porque hoy no es un refugio
porque mañana podría ser el ariete
contra todas las puertas cerradas
me presento

soy este hombre de rostro inacabado (p.67)

Y de las ausencias y recuerdos saltamos directo a la muerte, ese verbo tan molesto que nos obliga a la orfandad de padres, de hijos, de hermanos… de  nosotros… de Dios. La muerte: verbo que arrebata, verbo difícil:

desembarazarse de sus muertos no es cosa fácil

aún si es necesario un lomo de madera
y una cabeza de acero
la mejor elección sigue siendo la tierra
porque un cadáver
flota en la conciencia
toma un tiempo insensato en consumirse

y yo que pensaba
que la muerte de los demás
no era más que una pequeña molestia (p.81)

Sea, pues, Huérfanos de Patrick Boulanger el libro que, a través del verso, nos guíe por este mundo repleto de abandono, de memoria y de ausencias.

Así sea.

Huérfanos. Patrick Boulanger. C&F Ediciones. Colección Rama del Paraíso. Traducción de Gabriel Martín. Guadalajara, Jalisco, México. 2013.

lunes, febrero 04, 2013

Con el agua al cuello / Petros Márkaris


"Leo la voz por segunda vez y me doy cuenta de que el delincuente que quiere vengarse de los bancos y el Estado griego corresponde a la segunda acepción. Tanto él como Grecia se acostaron sin deuda y amanecieron con ella, y corren, por lo tanto, la misma suerte.

El delincuente, que considera que contrajo con el banco "un crédito indigno y amargoso", ahora tiene sed de venganza. Pero este sentimiento lo comparte toda Grecia: ha contraído un "crédito indigno y amargoso" con el FMI y la Unión Europea. Por eso ahora nos recortan los sueldos y los incentivos y desbaratan nuestro sistema sanitario. El delincuente y el país entero están con "el agua al cuello...".


Esta última línea es la que da título a uno de los casos que el detective Kostas Jaritos tiene que resolver en una Grecia consternada por la severa crisis ocasionada por los bancos y el endeudamiento que el mismo gobierno ha generado, perjudicando así al pueblo griego que se ha visto afectado en la disminución de sus prestaciones sociales, recortes de presupuesto en 
dependencias, despido y cierre de negocios.


Petros Márkaris publica Con el agua al cuello (colección Andanzas de Tusquets Editores), una novela que inicia con el homicidio de un acaudalado banquero y, durante las investigaciones que lleva a cabo el detective griego Kostas Jaritos, el lector hace todo un recorrido por la grave situación económica que en la actualidad aqueja a su país: el sentir de los griegos, la angustia, la desolación y, por qué no, la abulia y la desesperanza.



Al leer esta entrega de Márkaris, uno se percata de que la trama puede plasmar una situación que en la actualidad no sólo aqueja a un país en específico sino que, por desgracia, enfrentan la gran mayoría de los sistemas económicos mundiales: el abuso y enriquecimiento de los banqueros y la indiferencia ante las necesidades de los más desprotegidos. Por si fuera poco, Petros Márkaris habla también de ese gran problema que se ha venido generalizando a través de los años: la inmigración. Grecia se enfrenta no solamente a una crisis tremenda sino, también, a la llegada de inmigrantes que buscan -paradójicamente- en ese país la posibilidad de una vida mejor.


Márkaris retrata en Con el agua al cuello la salida a las calles por parte de los ciudadanos griegos para quejarse y el comienzo de una campaña que alguien, desde el anonimato, ha emprendido contra los bancos, animando a los ciudadanos a boicotear a las entidades financieras no pagando sus deudas e hipotecas.

A Jaritos se le complica la situación pues al jefe de la Brigada Antiterrorista se le mete en la cabeza que el homicidio que investiga Kostas es resultado de un acto terrorista, obstaculizando con ello la investigación que se ha iniciado.

Con el agua al cuello es una novela que retrata la gran problemática por la que atraviesa el mundo entero, problemas financieros y derrumbes de economías internacionales; es un registro de lo que debe enfrentar todo ciudadano contemporáneo en cualquier ciudad... Grecia sólo es el punto de inicio.


miércoles, enero 16, 2013

Zona light



Un gran trozo de carne, miradas ausentes y rostros distantes, diversos aromas y terribles humores. Todos los ruidos y todos los silencios en medio del Periférico. Lágrimas entre vagones y esperas interminables, una pareja que discute sobre Avenida Universidad, un hombre que deambula por Insurgentes arrojando su hedor enrareciendo el aire light de la zona.

La ciudad es una mujer de largos cabellos motorizados, una puta que paciente espera a que alguno se despida de ella entre los vagones de un metro que vomita carne todos los días; y en cada vagón se marcha algo de quienes desesperados le esperan, seres malditos por el tiempo que escurren por las manecillas de un reloj que nunca se detiene.


Decapitados, suicidas, locos e indigentes, mujeres en busca de una migaja de amor, secuestradores que planean el siguiente golpe; políticos y su eterno bla bla bla, el narcotráfico que crece y el pan en la mesa de los pobres que escasea. Las telenovelas y su eterno cuento de la sirvienta que se casa con el dueño rico de la mansión y las chachas del Pedregal soñando que algún día, algún día (sopas), que algún día se verán como Bárbara Mori o como Thalía y el resto tan sólo tan solo que busca a alguien en internet para matar el rato, para cibersexo, para mostrarse desnudo, para sentirse cerca aun estando lejos.


La gente sueña pensando que el sueño algún día dejará de ser sueño para transformarse en una realidad que ya no es realidad en estos días, más bien es una especie de burla, una especie de farsa que obliga a todo mundo a representarla, una realidad que tal vez es un mal sueño y de ese mal sueño nadie, absolutamente nadie despertará, porque este mal sueño es toda una realidad y esta realidad es un mal sueño, aunque alguien diga por ahí que la vida es sueño. ¿Será acaso que esto es un sueño y pensamos que es la realidad y vivimos esta realidad buscando alcanzar algún sueño?


Alguien me dijo hace poco que esta vida ya la había yo vivido antes y que estaba de vuelta porque tenía que evitar los errores que había cometido en mi otra vida, o sea que esta vida y mis vidas anteriores han sido todo un pinche fiasco y me niego rotundamente a pensar, aceptar y/o considerar siquiera que no he dejado de ser una pendeja y que en todas mis vidas he sido la misma idiota que comete los mismos pinches errores y entonces me pregunto cuántas vidas me faltan para dejar de ser una imbécil.


Esta es mi realidad, una realidad en la que de nuevo busco el sueño porque el insomnio de nuevo es el pan nuestro de cada día, una vida que transcurre en una ciudad como tantas en el mundo, repleta de gente pobre que cada día aumenta en número y que los políticos buscan la manera de exterminar. Esta vida ya no es una vida normal, es una vida light, una vida para uno cuantos, para ésos que pueden pagar, pagar, pagar y el resto, así de jodidos que estamos, pues no encajamos en la forma light que tiene esta vida hecha para niños light, ésos que se pueden tomar la vida más a la ligera, que viajan en camionetas chingonas y no les falta el pan, ésos que escuchan reguetón y ven las relaciones en pareja como la oportunidad de coger, coger, coger, hasta el cansancio y utilizan todo tipo de pomaditas y pastillas para durar y durar más, porque para ellos esta vida light que se les regala es eso, sólo una cogida más que se debe disfrutar pues para eso están los condones, ¿qué no?, para eso está el aborto legalizado, para eso está la libertad que ya no es libertad sino un libertinaje light que se debe aprovechar al máximo.


Libertad, coger, aborto, narcotráfico, decapitados; muertos por aquí, muertos por allá, secuestros; personas que de pronto desaparecen del mapa, frialdad, frialdad, insensibilidad, frialdad, insensibilidad, pobres, más pobres, un chingo de pobres; la gasolina que sube, sube, sube y el huevo hasta los huevos, la tortilla, el pan… el PAN… Santa Madre de Dios… ¿Dios? ¿Quién es ese señor? Dios, Dios, Dios… Si vieras cuánta gente muere de hambre, cuánta miseria hay en el mundo, cuántos niños sufren, ¿seguirías siendo Dios? Mientras los pobres buscan resignación y fortaleza en las iglesias, no sólo de los domingos a las doce, los santos sólo les observan silentes desde los nichos llenos de veladoras y de incienso porque ojos tienen pero no ven, oídos tienen pero no oyen, boca tienen pero no hablan… y si hablaran, ¿qué sería lo primero que dirían?


Esta es la ciudad en donde vivo, con su tráfico sobre Avenida San Antonio que mienta madres porque no se avanza, con el metrobús hasta la madre transportando a toda esa gente que regresa del trabajo con las ganas quebradas y con la soledad a cuestas, con el metro lleno de personas que se arriman los sexos buscando sentir, sentir, porque eso, señores, hace mucho, mucho tiempo que dejamos de hacerlo.  ®

jueves, enero 10, 2013

Del amor al materialismo: en la orilla del desencanto (Segunda entrega)



“… Las diferencias no son muchas entre palabras que a veces son de colores, y los colores que no consiguen resistir al deseo de querer ser palabras. Así pasa mi tiempo, con el tiempo de los otros y el tiempo que a los otros inventó… ¿Qué es el tiempo para quien en este exacto momento muere, sin haber sabido, por el saber del entendimiento, dónde nació?
José Saramago

Dolor, tiempo… ¿En qué preciso momento nos damos cuenta de que llevamos, desde que abrimos los ojos al tiempo, el dolor al pecho como azagaya de por vida? ¿Tiene el tiempo dolor? O mejor aún, ¿cuánto tiempo necesita el dolor para devorarnos, para desmembrarnos?
“Somos tan sólo sueño de tinta”, pero quién nos sueña, quién, de manera cruel y abierta se atreve a tatuarnos el dolor según el paso de los minutos; quién nos condena a la hora perpetuamente cíclica.
Entre la tinta y el acrílico –e incluso, en la fotografía- se encuentra la pócima secreta. El paso del pincel en el lienzo o de la pluma y/o la imagen en el papel es fiel registro del dolor de ver transcurrir los días de mano de la poesía. Poesía y pintura son, como diría Octavio Paz, hermanas inseparables, no podemos concebirlas una sin la otra pues “la luz y el verbo se hacen poro, // el poro se hace aguja, // camina el agua puros camposantos”.  Y a partir de esta luz y ese verbo es que el hombre busca entender el porqué del caos, de la confusión y del dolor que a todos nos revienta por la mañana cuando de nuevo abrimos los ojos a la rutina, a la soledad, al abandono.
Lamentable aceptar de antemano que la vida no es sino el lobby del gran cementerio que a todos nos aguarda al final. Vivimos… vivir… Qué sentido tiene cuando descubrimos que somos la repetición de los actos que se reflejan en un espejo de sombras, que somos el sueño de algún otro y que huimos por un laberinto del que nos es imposible escapar; un laberinto interior, personal, que nos dificulta ocultar detrás de una sonrisa la fatiga de cargar con ese dolor que cotidiano nos roba hasta la voluntad.
“El mundo es un dibujo sobre el agua”. Nuestro mundo colorea su confusión con la nulidad del color. No somos sino una mancha negra, cada quien, cada uno, intentando dispersar lo más que se pueda la angustia de la vida. “Exprimimos el tiempo como otros exprimen un lai-chi sobre la piel sonámbula del labio. Y arrojan la semilla para que crezca tras de sí un árbol de relojes y alfabetos”, porque además de mancha, número y palabra llenan nuestro mundo.
Soledad y confusión. Buscamos aferrarnos a algo e ignorar nuestra debilidad, desconocer que vivimos en abandono. Richard Tarnas, en su libro Cosmos y Psique: indicios para una nueva visión del mundo, comenta que la historia humana y la evolución de la conciencia humana son un relato predominantemente problemático, e incluso trágico, de la gradual pero radical caída y separación de la humanidad respecto de un estado original de unidad con la naturaleza y una integradora dimensión espiritual del ser.
De esta manera, y bajo estas circunstancias, es evidente que el Hombre vive un empobrecimiento progresivo de su vida y de su espíritu, y atraviesa por una lamentable fragmentación que le orilla inevitablemente a la decepción existencial… al desencanto.
Llegados a este punto la pregunta obligada es: ¿Habrá, en un futuro inmediato, alguna posibilidad de reconciliación entre el Ser y el Mundo que habita? ¿Cuál es el estatus de la permanencia del Hombre en un mundo en el que, incluso, ha violentado las leyes de la naturaleza?
En su condición primordial – añade Tarnas – la humanidad había poseído un conocimiento instintivo de la profunda unidad e interconexión sagrada del mundo, pero bajo la influencia de la mentalidad occidental, sobre todo en su expresión moderna, el curso de la historia produjo una profunda escisión entre la humanidad y la naturaleza, así como una desacralización del mundo.
“Este desarrollo coincidió con una creciente explotación destructiva de la naturaleza, la devastación de las culturas tradicionales indígenas, la pérdida de fe en las realidades espirituales y un estado cada vez más desdichado del alma humana que se siente cada vez más aislada, superficial e irrealizada”, añade Tarnas.
®

sábado, diciembre 29, 2012

Del amor al materialismo: en la orilla del desencanto



Dice Cristina Rivera Garza que el amor sólo se experimenta, después en la reflexión que sucede a la descompostura interna que sólo atenúa, a veces, el lenguaje amoroso que, según algunos, no fue creado sino hasta el siglo XII o XIII A.C.

El amor… El Dios creador creó al mundo de la nada por amor, afirma María Zambrano, y uno de los mandamientos dictados por Jesús es precisamente amaos los unos a los otros. Por amor, Shakespeare llevó a la muerte a Romeo y Julieta; y Ortega y Gasset comentó en alguna ocasión que el amor es un eterno insatisfecho.

Si fuimos creados por amor y por amor permanecemos, ¿por qué el hombre, formado a partir del amor, ha declarado muerto a su Creador? No es de mi interés hablar aquí del amor de pareja, no; más bien observo en que estatus se encuentra el concepto del amor en estos momentos en los que la historia del hombre vive momentos tan importantes, cambios y transformaciones que suceden en el límite de la angustia, el dolor y el materialismo, el amor parece ubicarse tan distante y ajeno al hombre.

El amor es el agente de destrucción más poderoso, comenta María Zambrano, y lo es porque todo el que lleva en sí una brizna de amor descubre algún día el vacío de las cosas. Tanta fue la libertad y el amor que se le dio al hombre que, ahora, se descubre hueco, vacío y aislado completamente del resto. La libertad es uno de los conceptos que se encuentra ligado al amor, y lo es porque sin libertad no se entendería por completo su significado.

San Agustín distinguía dos clases de amor: el amor dirigido a Dios (caritas) y el amor dirigido a las criaturas (cupiditas). El amor en tiempos de San Agustín observaba que de todos los bienes creados se exigía una referencia a Dios. “El amor a Dios es un don de Dios”. El amor va más allá del temor y se niega al interés. Asimismo, San Agustín señala que proclamar un mandamiento que hablara del amor a sí mismo era innecesario pues quien ama a Dios se ama a sí mismo. De esta manera, según San Agustín, el amor tiene cuatro dimensiones: Dios, uno mismo, el otro y la naturaleza, todos vistos como una unidad.

El origen de toda actividad humana hay que buscarla siempre en la voluntad o el amor, en este sentido, San Agustín habla de un amor preontológico, inconsciente: un amor que abarca la caridad y la concupiscencia, al bien y al mal. Ese amor nada tiene que ver con la moral sino que pertenece al campo de la metafísica del hombre. El amor también es orden y dentro de este orden se debe concebir la paz como la tranquilidad del hombre.

Antes de San Agustín, Sócrates llegó a la conclusión de que el amor siempre se dirige a lo que es bueno y de que la bondad es el único objeto del amor. Toda actividad humana está motivada por amor. Partiendo de esta premisa, ¿se puede afirmar, entonces, que el hombre mató a Dios por amor? ¿En qué momento el hombre dejó de creer y, por ende, de amar a su Creador? Es evidente que, a partir de este asesinato divino, se perdieron o eliminaron las cuatro dimensiones planteadas por San Agustín ya que, por lógica, si no se ama a Dios no puede existir el amor hacia uno mismo, ni hacia el prójimo ni a la naturaleza:

“Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: ¿quién limpiará esta sangre de nosotros? ¿Qué agua nos limpiará? ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿Debemos aparecer dignos de ella?”
Nietzsche, La gaya ciencia, sección 125

Al eliminar a Dios y las cuatro dimensiones que giraban en torno al amor que debía sentir por el Creador, el hombre rechaza todos los valores absolutos y hace uso de esa libertad de conciencia –como le llama María Zambrano -, una  libertad ha ido adquiriendo un signo negativo pues le ha llevado, incluso, a transformar el concepto de humanismo: “De nuevo el hombre se ha encadenado a la necesidad, más ahora por decisión propia y en nombre de la libertad. Ha renunciado al amor en provecho del ejercicio de una función orgánica: ha cambiado sus pasiones por complejos. Porque no quiere aceptar la herencia divina creyendo librarse por ello del sufrimiento, de la pasión que todo lo divino sufre entre nosotros y en nosotros.” (1)

Y después de asesinar a Dios y de renunciar al amor que de Él emana, el hombre goza de esa libertad que en realidad es una habitación que aparenta tener puertas y ventanas abiertas para emprender vuelos y disfrutar de la ausencia de las cadenas que condenaban y vigilaban su forma de proceder, sus movimientos y su forma de expresar. Lejos se encontraba el hombre de aquél ser divino que le vigilaba y le castigaba hechos y palabras que le molestaban; en ese momento, libre al fin, el hombre era el hombre per se. Nada sucedería pues el hombre estaba consciente de su orfandad.

A partir de esta libertad es que inicia el desmembramiento del hombre (específicamente a partir de la Revolución Industrial) y Marx avisaba entonces que se llevaría a cabo una división del trabajo, la mecanización, la explotación y el comercio. La era de la técnica y la industria se desarrolla y surge, de manera paralela, una era de codicia y espíritu mercantil sustentada en el capital y en el proletario cada vez más depauperado. Todo el discurso de amor al prójimo, amor a sí mismo y amor a Dios es reemplazado por el individualismo. El individuo, como tal, permanece desde entonces en competencia con el resto: un humanismo liberal en el que prevalecía el egoísmo, el interés y el capricho al margen de la comunidad.

Aquellas cuatro dimensiones del amor dictadas por San Agustín son sustituidas por la división del trabajo, la mecanización, la explotación y el comercio. El materialismo había nacido.  ®




 (1)   María Zambrano. “Dos fragmentos sobre el amor”. Club Internacional del Libro. Universidad de Alcalá. Madrid, España. 1988.

jueves, diciembre 27, 2012

Close Up


Un helicóptero rasguña
                             súbitamente el cielo

más abajo

los pájaros pasean a la luz
qué trémula se derrama entre sus picos y alas
cantan
                    mientras más abajo

una mujer barre la bugambilia
los hombres acomodan sus corbatas
y corren presurosos debajo del Sol

Intentan
              sólo intentan
                       mientras más abajo

entre flores secas,
aceite y colillas de cigarro
una hormiga corre con el mundo a cuestas.


DR: Poema de "Cuarto Menguante". La Regia Cartonera. Monterrey, Nuevo León. México.

miércoles, noviembre 28, 2012





La cola de la serpiente
Leonardo Padura. Tusquets Editores

"... cada cosa, animal y persona viene al mundo con su propio camino, su propio tao, pero a la vez no existe nada con la capacidad de ser eternamente invariable. Todo puede convertirse en su contrario, la búsqueda de la felicidad puede llevar hasta la desgracia y hasta la muerte, y el hombre sabio debe encontrar el carácter esencial de las cosas y siempre observar las leyes naturales de la vida, el tao marcado, la senda de cada uno, para poder entrar en posesión de la sabiduría y llegar al conocimiento de la verdad",  confía el chino Juan Chion a Mario Conde en La cola de la serpiente (Tusquets Editores, 2011), la novela más reciente de Padura quien también recibió hace poco el Premio Carbet del Caribe y del Mundo por su novela El hombre que amaba a los perros.
            La cola de la serpiente parte de un hecho que, a simple vista, pudiera ser tan simple, tan cotidiano y que, sin embargo, permite a Padura recorrer no sólo el corpus delicti sino, también, el corpus de una Habana casi en ruinas: una ciudad abandonada y un pueblo resignado a vivir ese abandono: el abandono de sus gobernantes, de sus funcionarios, del mundo y, por tanto, ante ese abandono Padura retrata la triste resignación del pueblo, un pueblo que se conforma, que aguanta, que espera pero ¿qué puede esperar un pueblo al que se le obliga a soportar todo tipo de inclemencias?  Acostumbrado a la indiferencia de sus gobernantes, el pueblo cubano sólo espera que no se corte la energía eléctrica para que el ventilador, en un día caluroso, refresque la vida y, de igual manera, para no perderse la comedia vespertina, ésa en la que las mujeres ahogan la esperanza y les hace más llevadera la sobrevivencia a través de la vida de los personajes principales.
            Fue precisamente durante uno de esos días calurosos que Patricia Chion llegó a la casa de Conde para encomendarle la solución de un crimen: el asesinato del chino Pedro Cuang, a quien habían colgado del techo de su casa y, antes de dejarle abandonado, sostenido apenas por un lazo del techo de su casa, le habían marcado el pecho con un símbolo propio de la santería y le habían cortado un dedo de la mano. Este caso hubiera pasado como un asesinato más a no ser que la encomienda del caso llegó de manos de Patricia, hija de Juan Chion, uno de los mejores amigos del policía y uno de los amores deseados por el policía y, también, porque ese símbolo trazado en el pecho del muerto había despertado en Conde el interés por averiguar su significado.
            Las indagatorias en torno al asesinato de Cuang llevan a Conde a adentrarse en el mundo de la magia, la brujería y la santería. Para ello tiene que familiarizarse con símbolos de la santería cubana por lo que acude a uno de los viejos nganguleros más importantes e influyentes de La Habana, Marcial Varona, respetado entre todos los brujos de la Regla, meca de la brujería cubana. Es Varona, babalao de la Regla de Ocha y conocedor de las prácticas de la santería Yoruba, quien le informa a Conde que, el símbolo en el pecho del muerto Cuang era Zarabanda, nganga, una mezcla criolla de brujería. Esta primera escala en su viaje por el mundo de la santería sorprende a Conde, pues durante las pesquisas en este mundo esotérico se entera que nganga quiere decir “espíritu de otro mundo”, un espíritu que, según palabras de Varona, es más poderoso si se guarda en el cráneo de algún muerto conocido y, si es chino, los resultados son excelentes. Una nganga representa poder, un poder sin límites.
            “En la nganga, que físicamente se reúne en una cazuela de hierro donde se colocan varios atributos, se atrapa al difunto para que sea esclavo de un vivo y haga lo que el vivo le ordene. La nganga es poder y casi siempre se usa para hacer el mal, para acabar con los enemigos, porque la nganga concentra las fuerzas sobrenaturales del cementerio, donde están los difuntos, y las potencias del monte, donde están los palos sagrados de los árboles, entre los que viven los espíritus…”
Leonardo Padura se aproxima a cuestiones esotéricas desde el punto de vista de dos culturas: la afrocubana y la china. Y es que, en un principio, Juan Chion comenta a Conde que ese círculo con dos flechas y cuatro cruces pequeñas grabadas en el pecho del muerto Pedro Cuang se relaciona con el héroe mitológico Cuang Co, o san Fan Con como lo nombran en la santería cubana.
Es esa primera pista la que lleva a Conde a recorrer los senderos de la brujería, la santería y la mitología china, extraña fusión que le obliga a indagar aún más y averiguar que san Fan Con es el dueño de la fortuna y, precisamente, el símbolo marcado en el pecho de Cuang es uno de los más negativos: “el hombre marcado por él sólo podía esperar todas las desgracias de los dos mundos: el de los vivos y el de los muertos”. Conde, entonces, llega a una primera conclusión: se trata de brujería practicada por la santería cubana con cosas de chinos y chinos que practican la brujería con santería cubana. Según su experiencia y su habilidad deductiva,  un chino había asesinado a Pedro Cuang, lo que no terminaba por saber el policía era si lo habían asesinado por venganza.
Hasta ese momento el Conde pensaba que había medio develado el misterio en torno al asesinato de Cuang, sólo faltaba averiguar algo que no encajaba: esas cuatro crucecitas en el círculo, crucecitas que no aparecían en la santería cubana desde hacía mucho tiempo.
            Es, justamente, esa mezcla entre las indagatorias policiacas y la santería cubana lo que le da un exquisito sabor a la lectura que se hace de Leonardo Padura, sin olvidar, claro está, ese sentido del humor que guarda cada uno de sus personajes. En La cola de la serpiente, la amistad entre Juan Chion y Mario Conde es medular. Las enseñanzas del chino son las que orientan a Conde en la investigación, sin embargo, la prudencia del chino es evidente pues detrás del asesinato de Cuang se encuentra involucrado el hijo de su mejor amigo, Francisco Chiu, a quien le muestra total lealtad y con quien comparte un pasado de complicidades.
            La cola de la serpiente es una novela policiaca, de esas poquitas que aún se pueden disfrutar, que no cae en la monotonía narrativa, en la que el personaje principal, el Conde, es un ser humano con vicios, pasiones y defectos; un hombre normal, que se enamora, que se entrega. Leonardo Padura mezcla, de manera perfecta, ingredientes esotéricos y de acción que mantienen al lector atento al desarrollo de la trama.