sábado, noviembre 26, 2016

Gustavo


Se quedó ahí parado. Había caminado varias calles batallando con el diablito que le habían prestado para ir a buscar trabajo. Pinche diablito, se decía mientras se rascaba la nuca y sentía cómo la mugre de días se apelmazaba en sus uñas, no ta muy bueno que digamos. ¿Qué le costaba a este cabrón decirme que una de las llantas está jodida? ¡Chingados, pinche gacho!, y Gustavo siente, entonces, cómo los rayos del sol comienzan a brincarle en la cara, cómo el sudor le pica en la espalda; cómo el calor baja por su trasero y las piernas y, entonces, percibe su fetidez de días, de semanas; y le pican las horas sin agua en las piernas y los brazos. ¡Chingado!, dice de nuevo, igual y no encontraré algo, y luego con este pinche diablito cojo; y el semáforo pasa de rojo a verde y él no avanza, permanece ahí, ensimismado, aferrado al diablito azul cojo; con la vista resbalando sobre la calle de Jalapa, con la nariz atenta al puesto de tacos de carnitas de la calle de Puebla; con los ojos atentos en las nalgas de una chica que menea las caderas al atravesar la calle. Los autos se detienen. El semáforo en rojo. El olor a carnitas combinado con la hediondez de su carne (y vaya que ese nauseabundo olor se las ingenia para delatar a quien no se ha lavado las verijas durante semanas, para delatar un culo sucio y unas sobacos sudorosos). Se talla los ojos, intenta limpiar el sudor que escurre por su cara; pica, el sudor en sus pupilas, arde. Sudor y mugre en su mirada; fétido aroma en la nariz y en la boca se le hace agua la lengua con el aroma a comida. A su lado la gente camina, cruza la calle… algunos corren, le empujan en su camino, y él ahí, en la esquina de Jalapa y Puebla, apretando los fierros de un diablito azul cojo, descubre de pronto que su zapato derecho tiene un agujero nuevo; levanta la vista y se asegura que nadie encuentre ese abismo que delata su miseria: hoyo irremediable de su pobreza. No, pos no, así menos encontraré trabajo. Esconde el zapato, se aferra al diablito cojo; el semáforo de nuevo en verde y sus ojos ahora corren hacia Insurgentes. No, mejor me regreso, segurito nomás le voy a hacer al pendejo. Mejor me regreso y veo la manera de tapar este pinche hoyo del zapato. ¡Chingada madre, así no le dan trabajo a uno; y luego este pinche diablito…! Semáforo de nuevo en rojo. Indecisión. Voy o no voy. Mira el semáforo que continúa en rojo. Suda. Hiede. Le pica la mugre de su cuerpo. Los tacos de carnitas le entran por la nariz y apuñalan su intestino. Babea. Se limpia la boca y su lengua percibe ese sabor a sal mugre. Voy o no voy… ¡Naaa, ya mañana Dios dirá!

Semáforo en verde y, Gustavo, rumbo a la Glorieta de Insurgentes… 

DR. 

sábado, enero 02, 2016

Como es arriba, es abajo: el Universo y el Ser conectados por la Física Cuántica

Como es arriba, es abajo. Si partimos de esta premisa podemos entender que el Universo y el Ser se encuentran íntimamente conectados. Tal vez hemos tenido frente a nosotros, todo este tiempo, esas respuestas que hemos estado buscando y que, sin embargo, ya sea por suma arrogancia o increíble inseguridad, no hemos terminado de aceptar como efectivas.
Sería una terrible omisión intentar siquiera pensar que el Ser carece de semejanza con el Universo, y redundante sería abordar este tema a partir del microcosmos y del macrocosmos. Ya lo decía Pitágoras, quien construyó una teoría de armonía universal entre las matemáticas, la música y los astros, cada uno una expresión a diferente nivel de un mismo código universal: el mundo es una sinfonía entre el Gran Hombre (el Universo) y el Pequeño Hombre (el Ser Humano).
Jay Alfred afirma que el universo es una especie de inmenso cerebro que trasmite información entre cada una de sus partes y el cerebro humano es un reflejo de este cerebro cósmico al cual se conecta en perpetua retroalimentación.
“Las galaxias visibles en el universo no están aisladas ni desconectadas, sino que están entretejidas por una estructura o red de filamentos que es la materia oscura que sirve como andamiaje del universo. Esta estructura en forma de red es una característica tanto de la materia oscura como del plasma magnético. La apariencia de esta red tiene un asombroso parecido con una disección del cerebro”, afirma.
Asimismo, Jay Alfred añade que no sólo es la morfología de la estructura del universo a grandes escalas la que es similar al cerebro humano, sino también la fisiología (las funciones). Estos filamentos transportan corrientes de partículas cargadas (iones) a lo largo de grandes distancias que generan campos magnéticos, al igual que una fibra nerviosa, y forman circuitos, al igual que los circuitos neuronales en el cerebro.
“El alto grado de conectividad es lo que distingue al cerebro de una computadora ordinaria. La conectividad también es notable en la red cósmica. Las galaxias se forman cuando estos filamentos se cruzan entre sí. Un cúmulo (nexus) de filamentos provee la conectividad para transferir no sólo energía sino información de un núcleo galáctico a otro”, explica Jay Alfred y añade que, si en realidad estamos conectados al cerebro de la Tierra, que está conectado al cerebro del universo, esto significa que compartimos un cerebro universal que puede tener contacto con el cerebro de otros planetas (o sistemas estelares) que generan sus propias memorias. Las formas de vida inteligente pueden mandar información (con o sin intención) vía el cerebro universal directamente a nuestro cerebro.

Si ponemos atención en cada una de estas observaciones, nos daremos cuenta de que –por tanto- cada uno de los procesos que se producen en el Universo se presentan, de igual manera, en el cerebro del Ser Humano. El cerebro es un espejo del Universo. Ambos, desde su perspectiva de macro y microestructura, están diseñados para procesar información. De esta manera, cada una de las estrellas del universo se representa en nuestro cerebro a manera de neuronas, y cada uno de nuestros cerebros pueden ser todas las galaxias que componen al universo, todas ellas conectadas entre sí, de ahí que se afirme que, en realidad, todos somos uno y, ese uno, conectado de una forma u otra con el universo. (Espera la siguiente entrega). 

2016 En breve fechas de presentación: Cuarto Menguante, mi libro de Poesía


En próximos días informaremos fechas y espacios culturales en los que llevaremos a cabo las presentaciones de mi libro de Poesía Cuarto Menguante. Parte de este libro de poesía se editó en Monterrey, en La Regia Cartonera, ahora presento el libro completo. Pueden seguir mi actividad como escritora: conferencias, cursos, presentaciones, charlas y firma de libros en Facebook, búsquenme como Sonia Silva-Rosas (Escritora). Espero saludarles pronto en persona. 

Poetas Luz desde el Inframundo

Les invito a leerme en Poetas Luz desde el Inframundo
https://luzdesdelinframundo.wordpress.com/2015/03/12/poetas-luz-desde-el-inframundo-sonia-silva-rosas/

México y Argentina, unidas por la literatura

Comparto con ustedes la entrevista que la escritora argentina, Silvia Mabel, me realizó para La Lupa Cultural. Mi agradecimiento a Silvia por la oportunidad.

http://www.lalupacultural.com.ar/revistas-anteriores-2/revistas-anteriores-2015/la-lupa-cultural-no-35-julio-2015/letras-sonia-silva-rosas-mexico-y-argentina-unidas-por-la-literatura/

domingo, julio 26, 2015

Ojos de rata

El semáforo se puso en rojo. Ella, de leggins azules y blusa entallada, se acerca al microbús para lanzar agua y lavarle el parabrisas. A lo lejos, él la observa; callado, aguzando sus ojillos de rata sin perder detalle.
En una ciudad tan grande como ésta, las pasiones se dan el gusto de salir a la hora que se les hincha la gana, y las ganas de ese hombre de ojos de rata habían sido convocadas en ese momento.
Por la cabeza del hombre comienzan a correr un sin fin de imágenes... Una tras otra, sin tregua... El tiempo que dura en rojo un semáforo es demasiado corto, justo para cogerse mentalmente a una drogadicta y darle rienda suelta a las pasiones más oscuras de un hombre de ojos de rata.
Él recorre esas nalgas con la mirada, sus pupilas llevan a su estúpido cerebro la imagen de su boca besando esa carne que, no por dejarse llevar por el vicio, se le antoja. ¡Oh, que vasta puede llegar a ser la imaginación cuando de proveer imágenes de cogedera se trata!
El hombre con ojos de ratón ha logrado, incluso, fantasear con el olor que pudieran tener esos dos trozos de carne bien torneada, que ahora se sientan sobre el cofre de un Tsuru para limpiar el parabrisas. Entonces el hombre da una segunda, tercera mordida y mete su lengua en el ano de la viciosa.
Ella, agradecida, gime de placer mientras absorbe el olor de su mona; luego le da un beso largo, largo como el minuto y medio que duró ese semáforo, que ahora cambia a verde y obliga al hombre de ojos de rata a alejar su lengua del ano de la drogadicta, meter primera y avanzar.

Más tarde vengo, se dice, igual por unos cuantos pinches pesos la convenzo y me la llevo al motel.


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